Apago
el despertador; 7:20 de la mañana. Lo que significa que empieza otro
interminable día de finales de curso. 2º de bachiller ha sido totalmente
agotador, pero por fin, en 5 días la dulce textura del verano nos encandilará
tras un duro, solitario y lluvioso año.
Me
levanto de la cama y me pongo los pantalones. Se podría decir que visto bien,
sencillo, pero bien. No soporto ser de los que se ponen un chándal hasta para
ir a una boda. Mientras me visto, pienso en si hoy el sol brillará o no. Es
como un juego que hago conmigo mismo, sin premio si acierto, pero un juego.
Subo las persianas. Y tanto que brilla, brilla como nunca antes había visto.
Sonrío: acerté. Es bastante difícil que aquí, en el norte haga sol, pero hoy por
fin el día me sonríe.
Hago la
cama y voy directo al baño. Me miro en el espejo y me peino. Cosa, para mí, de
lo más importante, porque adoro mi pelo. Probablemente sea porque por aquí no
se ve a ningún rubio como yo, no es habitual. Además lo llevo algo más largo
que los demás, de manera que me queda un gran flequillo al lado derecho,
completamente liso.
Cojo la
mochila, bajo las escaleras y cojo mi bici. No, no desayuno en casa, prefiero
hacerlo en la cafetería del instituto con mis amigos, por eso me levanto tan
pronto. Empiezo a pedalear. No es que me pille muy lejos de casa, pero me gusta
sentir la libertad que me da la bicicleta. Me da espacio para pensar, aunque la
mayoría de las veces no piense en algo en concreto, como es el caso de hoy.
Pienso en el verano, en si mi madre estará en casa cuando yo llegue, en si hoy
habrá napolitanas en la cafetería, en si el sol significa que hoy habrá algún
hecho conmemorable…
Cuando
llego, veo a mis amigos montando jaleo en la puerta, esperándome para ir a la cafetería.
Siempre llego el último. Dejo la bici atada a la farola de siempre, nos
chocamos los cinco y entramos.
La
cafetería es grande, y alegremente pintada de amarillo. Hay numerosas mesas
colocadas alrededor de la barra que está en el medio y es circular. Solo hay
una camarera, Adriana, una joven guapísima que tiene a casi todos los chavales detrás de ella. Menos a mí, claro.
Nos
sentamos los 6, Mario, Jesús, Pablo, Marcos, Alejandro y yo y Adriana nos trae
las napolitanas de chocolate y una vaso de leche.
-Pero
bueno, que guapa vienes hoy, mi vida.- La piropea Marcos, que viene siendo el
guarro del grupo.
-¿Sí?
Pues muchas gracias, me ha costado mucho decidir qué ponerme, puesto que
siempre llevo el mismo uniforme, ¿sabes?- Bromea Adriana. Si hay algo que
realmente me gusta de ella, es su forma de decir las cosas, nunca ofende,
simplemente lo dice y después sonríe.
-Ya
ves, ya se le está terminando el repertorio de piropos orteras, ¿eh, Marcos?-
Le pica Pablo.
Los
demás nos reímos y empezamos a comer. El tema de conversación de hoy es de dónde se habrá
sacado Marcos esa valentía que tiene para habar con cualquier chica que pase
por la calle. Después de terminar el debate, nos levantamos, nos despedimos de
Adriana y subimos a las taquillas. Cuando abro la mía, la 228 caen de dentro
varios papelitos rosas y blancos doblados por mitad. Oh, bueno, hay algo que
aún no he mencionado: Se puede decir que
soy…popular. Cuando las chicas se cruzan por el pasillo conmigo me mandan
miradas nerviosas y me sonríen como si hubieran ensayado la “sonrisa perfecta”.
Yo suelo responder con otra sonrisa, mayormente forzada, por educación y se
alejan suspirando y susurrándose cosas. Sigo sin saber por qué lo hacen.
Entonces, como no se atreven a hablarme por alguna remota razón, escriben
notitas y me las meten en la taquilla. A mí al principio me gustaba leerlas, me
hacían sentir bien, pero ahora me parece ridículo, las que las escriben son niñas sin cerebro que se
aburren e intentan enamorar a un chico que ya las ha insinuado bastante que no
quiere nada con ellas y que, lamentándolo mucho, pasa de ellas. Pero ahí
siguen; suspirando cuando me miran.
-¿Qué?
¿Cuántas te han escrito hoy?- Me pregunta Mario mientras sube las escaleras
para ir a clase.
- Ya no
me paro a contarlas –Me río –Supongo que serán las mismas de siempre. -Digo mientras las meto
apresuradamente en la mochila. Ya ni siquiera las leo, siempre dicen lo mismo,
es una simple, monótona y sobre todo absurda rutina.
Saco
los libros y cuando voy a cerrar la taquilla, noto que se abre la de al lado.
Entonces
la veo.
Con su
largo y brillante pelo castaño, con sus grandes ojos pardos, con su pálida
piel. Ella, la razón por la que me levanto todas las mañanas, la que
protagoniza la mayor parte de mis pensamientos en bici, en la que pensé cuando
vi el sol radiante esta mañana. Ella: la única chica que me ignora como si
fuera un enemigo.
La miro
todo lo disimuladamente que puedo. Absolutamente nadie sabe que llevo enamorado de ella de ella desde que llegó al centro el curso pasado. La pusieron en mi
clase, concretamente delante de mí. Desde entonces las palabras que salían de
la boca del profesor eran completamente ignoradas por mi parte. Estaba
demasiado ocupado contemplando cómo mi perdición movía su liso y precioso cabello.
Yo solo quería ser el aire que salía de su risa.
Las dos
primeras semanas hablábamos, de hecho nos llevábamos muy bien y yo ya estaba
pensando en cómo decirla todo lo que sentía. Pero se ve que ella no sentía nada
parecido porque un día estando en las taquillas de repente su sonrisa se borró de la
cara, sus ojos se tornaron vacíos y a partir de ese momento ella se fue
convirtiendo en un sueño inalcanzable para mí. Dejó de dirigirme esas preciosas
sonrisas, dejó de mirarme y empezó a atormentarme con la peor arma que podía
emplear: su silencio.
Nunca
he tenido el suficiente valor para preguntarla el por qué de esta situación,
así que terminó el curso y la perdí de vista todo el verano. Cada noche
la pasaba planeando cómo llegar hasta ella, soñando con sus besos, con sus
abrazos o simplemente con sus palabras…Me decidí a plantarla cara en cuanto la
volviera a ver, pero me pasó algo evidente: La vi tan deslumbrante que se me
atragantaron las palabras en la garganta, impidiéndome decirla nada, así que
paso el día pensando en ella, en sus labios, en esos labios que, hacía cuanto, se
negaban a decirme “hola”.
El
timbre me saca de mis pensamientos y me hace dar un brinco, salgo corriendo
escaleras arriba y me siento en mi sitio antes de que suene el siguiente timbre
de aviso. Ella llega unos 10 segundos después de mí y se sienta en frente, cómo siempre.
Mientras sacamos los libros de la mochila una amiga suya se le acerca y dice:
-Ángela,
tía, 5 días y nos vamos de aquí PA-RA-SIEM-PRE.
-¡Sí! Y tenemos todo el verano por delante- Contesta Ángela.
5 días.
-¡Sí! Y tenemos todo el verano por delante- Contesta Ángela.
5 días.
Entonces
noto una sacudida en el pecho, la desesperación invade mi cuerpo y mi sangre se
congela al momento. Porque sí, quedan exactamente 5 días para irme de aquí para
siempre, y con eso, dejaré de ver también a la chica de mis sueños. Tengo que
hacer algo, porque un “para siempre” sin ella, es demasiado tiempo.
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